sábado, 18 de agosto de 2007

'Bonnie & Clyde': 40 años de sangre sin oxidar

Bonnie & Clyde fue de alguna manera el vehículo inverosímil - una película de época hecha con cierta desgana por un gran estudio (Warner Bros) debido a la insistencia de una ambiciosa y joven estrella de cine - a través del cual una nueva manera de expresión y un nuevo conjunto de valores entró en la cultura mayoritaria. La película fue rápidamente identificada como un campo de batalla de una lucha crucial: entre 'los chavales' y sus mayores respetables y carrozas, entre lo moderno y lo convencional."
(A. O. Scott en NY Times, vía Guerra Eterna).

Se cumplen cuarenta años del estreno de la película que no sólo mostró de cerca la sangre por primera vez al público mainstream, sino que hizo que el líquido rojo fuera tremendamente elegante, idílico y atrayente. La sangre empezó a molar de verdad y a manchar toda la cultura popular: el cine, la música, el imaginario juvenil... y nacieron aquellos molones grupos terroristas absurdos.

Igual que los Parker y Barrow de entreguerras sirvieron para expiar penas, poner sobre la mesa la miseria de la Gran Depresión y mitificarla con cierto aire de revancha redneck, el éxito de sus reencarnaciones en Beatty y Dunaway tuvo algo que ver con los muertos en Vietnam, el cabreo extendido, las revueltas antisistémicas y la explosión pop-ular de finales de los sesenta.

Como es bien sabido, los chavales ganaron la batalla (que no la guerra) y de ahí la evolución a los zombies, el glam, Antonio Anglés como héroe y demás ketchup hecho kitsch... y, cuando se hicieron mayores respetables y carrozas, le dieron un óscar a Tarantino.

Pero nada mola tanto como la escena final de Bonnie & Clyde (1967, Arthur Penn).

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